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domingo, 4 de septiembre de 2011

Poderoso Jota

Jota era el rey de su grupo. Era el más grande, el más fuerte, el más hábil, el más poderoso. Sus deseos eran ley, su autoridad no tenía discusión. Cuando quería algo lo conseguía. Las pertenencias de los demás eran los juguetes de Jota. Las pertenencias de Jota eran sagradas para los demás. En las escasas ocasiones en que alguien osaba contradecirle, el castigo que recibía aquel temerario era rápido y severo.

Un día llegó un nuevo integrante al grupo. Desconocía el poder de Jota, el respeto que se le debía. El nuevo tenía poca cosa: sólo algunas provisiones que había traído de su hogar, que ahora estaba lejos. Jota le pidió lo que llevaba, pero el nuevo se negó. Un escalofrío recorrió a todo el grupo cuando la voz tímida del recién llegado dijo “no”. Era casi un susurro, pero un “no” dirigido a Jota resonaba como el más aterrador de los truenos. Jota levantó su poderoso brazo, portador de toda su ira, con la intención de descargarlo sobre aquel pobre diablo que había cometido el error de enfurecerlo. Pero, contra todo pronóstico, y ante el asombro del público que veía la escena en silencio, el nuevo empujó a Jota y le hizo perder el equilibrio.

Nadie sabe cómo hubiera reaccionado Jota a continuación de haber tenido ocasión de hacerlo, porque la profesora de guardia en el recreo se acercó rápidamente, levantó a Jota del suelo y se lo llevó a la enfermería mientras le regañaba por intentar robar la merienda de su compañero. Lo que estaba claro es que la autoridad de Jota comenzaba a tambalearse...

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